DEL FRAGMENTO A LA SITUACIÓN - Lewkowicz, Ignacio y Grupo Doce

IV 

OPERATORIA DE MERCADO

Desgarro, fragmentación, desligadura

Para esta estrategia no es posible pensar las transformaciones actuales en el lazo social y la subjetividad sin apelar al agotamiento de la lógica nacional y la emergencia de la dinámica de mercado. En este sentido, la alteración que nos permite pensar la contemporaneidad es lo que venimos llamando pasaje del Estado al mercado. Sobre el estatuto del agotamiento del Estado Nación como paninstitución donadora de sentido, los argumentos ya fueron presentados en otro apartado. Sobre la naturaleza de este pasaje, la operatoria de mercado y sus efectos en la subjetividad (desgarro, fragmentación, desligadura), ya es momento de pronunciarnos. Empecemos, entonces, por la modalidad que adquiere ese pasaje.

Si el pasaje del Estado al mercado consistiera en la sustitución de una metainstitución estatal por otra mercantil, la transformación actual queda reducida a simple relevo. De esta manera, el agente en cuestión varía, pero los procedimientos de dominación permanecen. Ahora bien, si el pasaje del Estado al mercado también implica la variación de esos procedimientos, la alteración no es reemplazo sino emergencia de una dinámica social radicalmente diversa. En otros términos, si el mercado no es metainstitución donadora de sentido ni principio general de consistencia, estamos en presencia de una operatoria que no es posible reducir a variante del modelo de organización social propio de los Estados Nacionales. Si esto es así, será necesario pensar de qué se trata esa dinámica que surge cuando el Estado Nación deja de ser práctica dominante.

¿Qué significa que el mercado no proceda del mismo modo que los Estados Nacionales? Por un lado, que la nueva dinámica social opera sin ligar objetivamente sus términos, sin regular lo que allí sucede, sin anudar consistencias; por otro lado, que su operatoria no busca la articulación simbólica de los agentes de la lógica en cuestión, sino la conexión real entre distintos puntos de esa red llamada mercado. Pero esta conexión que pone en contacto los nodos de la red no produce una regulación previa para esos roces. Más bien, todo lo contrario. Ahora bien, por lo planteado hasta aquí, el pasaje del Estado al mercado implica el agotamiento de una lógica totalizadora capaz de ligar simbólicamente al conjunto de los agentes de la paninstitución Estado Nación y el surgimiento de una dinámica que conecta los términos que son parte de esa red, sin ligar ni producir significación alguna. Se trata, en definitiva, del pasaje de un lógica de encuentros metaregulados a una dinámica de amontonamientos destituyentes. Y las consecuencias subjetivas se dejan sentir. De esta manera, la desligadura de lo ligado y la fragmentación de lo articulado componen el paisaje por el que tendrá que transitar la subjetividad contemporánea.

Si el ciudadano de los Estados Nacionales tenia que lidiar con una metainstitución que anudaba con una normativa que reprimía y alienaba, las condiciones en las que están enredados los ocupantes de la lógica de mercado son radicalmente otras. Justamente por eso, su sufrimiento no tiene que ver con el disciplinamiento de los cuerpos y las conciencias, sino con el desgarro que genera la lógica de mercado en las subjetividades.

Pero, ¿qué es lo que desgarra a la subjetividad actual qué es un desgarro? En principio, el desgarro está causado por la dinámica de mercado. Más precisamente, es un efecto -en la subjetividad- de una lógica cuya temporalidad es la velocidad, la sustitución, la inmediatez. Dicho de otro modo, la subjetividad mercantil intenta adaptarse a unas condiciones que varían permanentemente, pero ese intento, que necesita de la creación de unas operaciones específicas (reinvención y flexibilidad), tiene consecuencias subjetivas. Vale decir, entonces, que el desgarro es el subproducto de la puesta en juego de esas operaciones en conexión con los estímulos del mercado. En este sentido, desgarro es el término que designa una serie de marcas constitutivas de la subjetividad actual. A saber: destitución de consistencias y desligadura de anudamientos simbólicos. En definitiva, desvanecimiento de la máquina de pensar disponible.

El desgarro de la subjetividad contemporánea prospera como destino en condiciones de fragmentación, y la fragmentación sólo es posible en coordenadas postnacionales. Esto es, en ausencia de lógicas totalizadores capaces de convertir un término cualquiera en término de esa totalidad. Sin procedimientos de unificación bajo un mismo régimen de sentido -es decir, sin Estado Nación como metainstitución reguladora de las significaciones-, el paisaje actual se puebla de fragmentos, de esas instancias que resultan de una lógica incapaz, pero sobre todo desinteresada, en articular esa disgregación sin centro.

Sin centro metainstitucional que regule los encuentros entre los agentes del sistema social, el desgarro y la fragmentación se transforman en vida cotidiana. Esto es, en las condiciones que tendrá que subjetivar la subjetividad contemporánea. Ahora bien, si los efectos de la lógica a subjetivar son la desligadura y la destitución de consistencias, será necesario hacer un balance de las herramientas para hacer algo con lo que han hecho de uno. Por qué este balance? Porque las herramientas disponibles -y forjadas en lógica estatal y nacional-, están diseñadas para operar con otro tipo de obstáculos (entre tantos, alienación, represión, institucionalización), obstáculos que no son los nuestros. Por el contrario, los padecimientos actuales no parecen estar causados por la sobreregulación de las instituciones del Estado, sino por la ausencia de reglamentación en tiempos de mercado. Entonces, la tarea subjetiva necesita orientarse a la transformación de los fragmentos, espacios desreglados por excelencia, en situaciones habitables. Esto es, con capacidad de forjar su propias reglas. Para que esto suceda, será condición convertir los procedimientos heredados en estrategias para producir ligaduras en tiempos de destitución.

 

Desgarros en tiempos de mercado

En alguna parte de La corrosión del carácter, Richard Sennett nos pone al tanto de las razones de este título provocador. Sin duda, el subtítulo de la obra participa de la provocación: Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Título y subtítulo anticipan, de algún modo, un problema que insistirá a lo largo del texto. Por no decir, de nuestra actualidad. Si es cierto que flexibilidad y reinvención son operaciones ineludibles en tiempos de mercado, vale preguntarse por los efectos que produce en la subjetividad contemporánea -Sennett dirá en el carácter de las personas-semejantes requerimientos. En otros términos, qué tipo subjetivo resulta de transitar una lógica que necesita, para su funcionamiento, de la flexibilidad y reinvención permanente de sus agentes?

No hay dudas, flexibilidad y reinvención prosperan como virtudes en tiempos de velocidad, esto es, cuando las condiciones varían de ocasión en ocasión. Ahora bien, si las virtudes son tales, nada parecido a los planes quinquenales organiza hoy el destino de los capitales, los Estados o las personas. Todo transcurre en el corto plazo, y la destitución amenaza la existencia de cualquier emprendimiento (personal, profesional, político). Sin Estado Nación que garantice la consistencia del suelo donde apoyaban sus acciones los actores nacionales, el mercado hace libremente su número. Y en este hacer sin restricciones, conecta y desconecta los términos de esa red.

Por lo señalado, la existencia mercantil exige flexibilidad y reinvención, pero sobre todo exige que estas operaciones estén pautadas por la dinámica del mercado. En este sentido, flexibilidad y reinvención devienen requisitos para estar en la partida. Pero ser participante de este juego tiene consecuencias, y las consecuencias también se dejan sentir en el campo identitario de la subjetividad. Sin consistencia asegurada y en plan de renovación permanente, la destitución identitaria se transforma en destino. Esto es, en una condición con la que tendrán que lidiar, inevitablemente, los ocupantes de la lógica en cuestión. Por otra parte, es preciso señalar que esa destitución implica el desvanecimiento de las consistencias disponibles. Ahora bien, ese desvanecimiento en las condiciones actuales significa dispersión, desligadura y desarticulación de los ordenadores simbólicos de la subjetividad en ciernes. De esta manera, los efectos no calculados de la adaptación a un medio siempre cambiante marcan la subjetividad contemporánea, y el desgarro deja su huella.

Si es cierto que la subjetividad mercantil busca adaptarse a la velocidad del mercado vía innovación y flexibilidad, no es menos cierto que en ese intento desgarra la subjetividad, destituye consistencias, desliga los términos ligados. Pero el destino de la reinvención y la flexibilidad, tal vez pueda ser distinto. Pero para que esto suceda, estas operaciones tendrán que suspender su conexión con los requerimientos del mercado. Si la flexibilidad y la reinvención no son imposición de la dinámica dominante sino operaciones de una tarea subjetiva orientada a ligar de otro modo el tejido desgarrado, su estatuto podrá ser otro.

Según la caracterización realizada, la operatoria de mercado desgarra la subjetividad contemporánea, y este desgarro describe una consistencia mutilada. En este sentido, la destitución no remite a la liberación de una ligadura alienante, como podría ser en tiempos nacionales. En la lógica de mercado, la producción de consistencias no es empresa de la práctica dominante sino tarea subjetiva orientada a imponer restricciones a la destitución, efecto de la operatoria de mercado. Ahora bien, la imposición de estas restricciones no busca la restitución de la metaconsistencia perdida por el agotamiento del Estado Nación como paninstitución donadora de sentido. Tampoco sería posible. Por el contrario, busca la reinvención de una consistencia en otra clave. Y esta otra clave no es estatal ni mercantil; es fiel a un recorrido subjetivo.

 

Inventarse o desaparecer

En la renovada literatura de management de los años `90, insiste un imperativo que podría ser formulado en estos términos: reinventarse o desaparecer; alterarse o morir. Ese imperativo entiende la reinvención como estrategia de adaptación a un medio ambiente cambiante. Así definida, la alteración se transforma en operación necesaria para permanecer en la dinámica de mercado. Entonces, la subjetividad mercantil tendrá que entrenarse en semejante quehacer.

Esa innovación constante, que para el management de los `90 es un destino inevitable, no es más que el requerimiento de una lógica que condena el proceder del mismo modo, en una y otra ocasión. La estadía en esta lógica exige, entonces, de la reinvención permanente de sus agentes en conexión con las demandas cambiantes del mercado. Ahora bien, que esas demandas sean cambiantes significa, entre otras cosas, que la temporalidad de la reinvención es un cada vez que prospera al ritmo de los estímulos del mercado. La dominancia de este cada vez produce un tipo de efecto que, a falta de mejor nombre, podríamos llamar caducidad sin experiencia. ¿Qué significa esto? Significa que el abandono de un recurso por parte de un agente mercantil, no resulta de una operación que hace la experiencia y agota, en su productividad, ese recurso. Por el contrario, se trata de un mecanismo de adaptación a unos estímulos variables. Estos estímulos ciegos a la experimentación impiden -en nombre de la sustitución innovadora- cualquier posibilidad de indagación. Por qué? Porque bloquean la retención de ese término a indagar. Sin posibilidad de retención, no hay posibilidad de apropiación y agotamiento. Entonces, la variación exigida por el mercado marca la caducidad inmediata de las cosas, las personas, las ideas. De esta manera, la innovación queda reducida a un imperativo neoliberal. Esto es, a una sustitución sin experiencia, a una caducidad sin apropiación.

La exigencia innovadora del management de los '90 subraya un rasgo de la subjetividad actual, pero también subraya los modos en que esa subjetividad transita el mundo del que forma parte. En este sentido, el discurso del management ofrece una estrategia de tránsito: la reinvención en conexión con las demandas del mercado. Ahora bien, esta conexión es la que asegura que la estrategia en cuestión quede, inevitablemente, sometida a los ritmos del I mercado. Dicho de otro modo, el sujeto debe reinventar-

se otro cuando los estímulos del mercado así lo demanden. Pero esta demanda será necesario entenderla como operación constitutiva de la subjetividad mercantil. Es la dinámica de producción de la subjetividad instituida.

Si es cierto que la reinvención postulada por el management de los '90 describe un modo de estar en el mundo, no es menos cierto que se trata de un modo causado por los ritmos del mercado. Que la reinvención sea un modo de transitar las condiciones actuales no significa que sea el único. Por el contrario, significa que es el modo ofrecido por la dinámica dominante. Si la reinvención es la modalidad producida por los agentes del mercado, será posible preguntarse por el status de un estar no pautado por los tiempos mercantiles. Ahora bien, un estar no sometido a la temporalidad del mercado implica otro modo de subjetividad. Antes que estar, podemos llamar habitar a la práctica de determinación subjetiva de un campo en autonomía respecto de las for- mas dominantes. Se trata de la subjetivación en el envés, de la subjetividad instituida.

Así definido, el habitar requiere de una serie de operaciones de pensamiento capaces de suspender, situacionalmente, los imperativos de la lógica en cuestión, las operaciones de la subjetividad dominante. Vale decir, entonces, que esa suspensión no necesita de la puesta en jaque de la lógica. Más bien, necesita de la interrupción de su eficacia en la situación que pretenda ser habitada.

Una precisión tal vez pueda aclarar el registro de lo que estamos llamando habitar como interrupción situacional de una dinámica de partida. La temporalidad del mercado es sustitución sin alteración subjetiva, caducidad sin experiencia. Si es así la temporalidad dominante. no será posible que prosperen las figuras del habitar y del habitante. Para que esto acontezca, será necesario construir un dispositivo competente tara desacelerar la velocidad del mercado y albergar otra temporalidad. Dicho de otro modo, será necesario producir un tiempo capaz de habilitar la retención (y no la sustitución) de aquello que se presente.

Por lo dicho hasta aquí, estar y habitar describen operaciones de pensamiento radicalmente distintas, aunque ambas condicionadas por las transformaciones actuales. Si bien el terreno es el mismo. las estrategias de relación con ese terreno no lo son. Y no lo son porque el estar, como estrategia de reinvención continua, permanece sometido a la operatoria de mercado. Mientras que el habitar, como operación sobre ese funcionamiento, determina un espacio y un tiempo en autonomía respecto del mercado.

Vimos la noción de habitar, pero aún no nos detuvimos en las operaciones de pensamiento características del habitante. Aquí importa una de ellas, la reinvención. Ante todo es preciso aclarar cuál es el status de la invención para el habitante. Para orientarnos en esta empresa, tal vez sea estratégico distinguir entre reinvención como exigencia objetiva y reinvención como decisión subjetiva. Respecto de la re-invención como imperativo objetivo, es lo que describe el management de los '90. Respecto de la reinvención como decisión subjetiva, será necesario destacar -por lo menos- dos cosas: por un lado, la invención subjetiva no consiste en un mecanismo sometido a la velocidad del mercado, sino en una estrategia de invención de un espacio y un tiempo en diferencia con la velocidad; por otro, la invención no queda determinada por las demandas cambiantes del mercado, sino por el recorrido subjetivo del que formará parte. En este sentido, la reinvención no es imperativo neoliberal sino herramienta disponible para un recorrido.

Ahora bien, inscripta en una trayectoria subjetiva y no sometida a la lógica de mercado, la reinvención tiene otro estatuto. Entonces, la reinvención podrá ser instrumento de mercado u operación subjetiva. Usted decide.

 

 

La violencia de los resultados

 

En una entrevista a un joven gerente, en el suplemento Económico de Clarín del 29 de octubre de 2000, se lee. "Trabajamos en una compañía muy orientada a los resul­tados, y hoy la violencia de los resultados es enorme". Al parecer, no se trata de una denuncia. Tampoco de una queja o de la puesta en circulación de una posición ideo­lógica. Más bien, parece tratarse de una definición en re­gla, pero de una definición con capacidad de exceder el campo que, en principio, describe. Esto es, la compañía. Tengan el estatuto que tuvieren esas palabras, los dichos del entrevistado describen una alteración radical en los parámetros de racionalidad instituidos por los Estados Nacionales. Esto es, en los modos de leer y calificar un recorrido personal, profesional o político. Ahora bien, la confesión del joven gerente también revela una transfor­mación no menos radical: hoy los resultados operan como principio general de consistencia.

Por lo señalado, los parámetros de racionalidad actuales son otros que los nacionales. La violencia de los resultados o simplemente los resultados, marcan los movimientos de los agentes que danzan al ritmo de los requerimientos del mercado. Desde la subjetividad forjada por los Estados nacionales, podrá decirse que esta variación no es más que la decadencia moral de unos parámetros de racionali­dad más nobles. Pero para una subjetividad no estatal se tra­ta de la alteración de los principios de lectura y evaluación que orientaron la subjetividad en tiempos nacionales.

La mutación general que permite situar la dominancia de los resultados como parámetro de racionalidad se advierte en el agotamiento del Estado Nación como paninstitución donadora de sentido. Ahora bien, este agotamiento también implica la destitución de sus principios de racionalidad como principios generales de orientación. Por otro lado, esa destitución no es efecto de la desestimación moral, por parte de los agentes de la lógica desvanecida, de tales principios -o por lo menos, no se trata solamente de eso-. Más bien, el abandono de aquellos principios no es más que la consecuencia de su incapacidad para evaluar un recorrido en condiciones post-nacionales.

Antes de precisar las condiciones en las que los resultados prosperan como parámetro de consistencia, detengámonos en el horizonte de racionalidad propio de los Estados Nacionales.

En la lógica nacional, los resultados no administran la suerte de una carrera (personal, profesional, política). Por el contrario, el destino de una carrera descansa en la acumulación progresiva de logros, logros posibles (por ser lineal y anticipable el devenir), y adquiribles mediante esfuerzo. Esfuerzos y logros constituyen, entonces, los parámetros de racionalidad de un recorrido en tiempos de Estado Nación. Esto es posible, entre otras tantas condiciones, por la vigencia de una institución lineal y progresiva del tiempo. Sólo sobre esa temporalidad los logros pueden llegar a ser acumulativos y el porvenir anticipable. Pero ese tiempo lineal y progresivo también es una institución de los Estados Nacionales. De esta manera, sin Estado Nación como metainstitución, tampoco hay tiempo lineal y progresivo.

Sin institución nacional del tiempo, la posibilidad de acumular esfuerzos y logros en un derrotero resulta, en principio, imposible. Esta imposibilidad se desarrolla cuando las reglas de juego, sean las que fueren, se desvanecen como principio general de consistencia. Es decir, cuando las instituciones donde operan los agentes varían de situación en situación. Sin reglas de juego ni condiciones estables, no hay modo de saber a priori cuáles de las estrategias serán productivas y cuáles no. Si esta es la dinámica, los', instrumentos de orientación y lectura que suponen linealidad y progreso devienen obsoletos. Sólo en estas coordenadas operan los resultados como principio general de racionalidad. El disco más vendido, la película más vista, el vídeo más alquilado o el futbolista del siglo son las figuras de esta nueva racionalidad. Figuras capaces de leer una producción sólo desde sus resultados objetivos.

Si los parámetros de racionalidad instalados por el mercado son los resultados, si la vigencia de estos parámetros es posible en una dinámica ciega a lo sucedido en un recorrido, la pregunta de la subjetivación es: cómo habitar una experiencia sin sepultarla en sus resultados.

Dicen que habitar un recorrido también consiste en la producción de sus parámetros de lectura y evaluación. Dicen que una experiencia tiene valor de experiencia cuando inventa en autonomía los modos de hacer su balance. Sea del tipo que fuere, cualquier experiencia subjetiva necesita de esta elaboración. De no ser así, los resultados dominan. Y una experiencia pensada exclusivamente desde los resultados se desrealiza como recorrido subjetivo porque queda sometida a los parámetros de racionalidad instalados por el mercado. Habitar un recorrido exige, entonces, trazar otros criterios de racionalidad. Pero otros no significa otros cualesquiera, significa otros en tanto que específicos de ese recorrido. La producción de esa especificidad necesita, por un lado, de la interrupción de la temporalidad caótica del mercado y sus parámetros específicos; por otro, de la invención de una temporalidad en inmanencia con el recorrido, esto es, atenta a las producciones, los retrocesos, los obstáculos y las fidelidades que libera ese trayecto subjetivo.

Hoy nos toca navegar en las aguas del mercado. Algunos se podrán lamentar por eso. Pero lo decisivo no parecen ser las aguas sino el modo en que decidimos navegarlas. Es decir, estamos atentos a resultados, o en fidelidad con '` los recorridos subjetivos emprendidos.

 

 

Del empleo vitalicio al empleo temporario

 

Partamos de una evidencia compartida: el trabajo ya, no es lo que era. El uso de nuevas tecnologías, los efectos del mercado global, la sustitución de pirámides institucionales por organizaciones en red, la desaparición de la programada carrera abierta al talento, la inestabilidad, el riesgo y la flexibilidad como rutina describen algunos rasgos del nuevo modo de trabajo. Un buen indicador de esta alteración es el desvanecimiento del empleo vitalicio como destino social por excelencia. Que el empleo no sea centralmente vitalicio tiene consecuencias. Entre ellas: es necesario buscar, una y otra vez, empleo: es necesario ofrecer, una y otra vez, nuestras capacidades. Esto indica una doble variación: por un lado, la condición temporaria del empleo no es un accidente sino la temporalidad específica del trabajo actual; por otro, la búsqueda de trabajo transita unas condiciones distintas a las supuestas por la subjetividad ciudadana.

Que una búsqueda, en este caso de empleo, no coincida con la representación de esa búsqueda, en principio, indica poco. Se podrá señalar que entre la representación que un sujeto tiene de una búsqueda y esa búsqueda hay una distancia ineliminable. La distancia que aquí importa no es la distancia inevitable pero transitable entre la representación y la práctica propias de una misma lógica social, sino la distancia intraducible entre las representaciones de una situación histórica y las prácticas de otra. Si la primera distancia es insalvable, la segunda aparece en determinadas condiciones, condiciones que son las de nuestra actualidad.

Esta actualidad está marcada por la presencia de una serie de prácticas que no se deja leer en su novedad por las viejas representaciones (estatales). Forjada en condiciones nacionales, la subjetividad ciudadana procesa, piensa, resiste y se equivoca en clave nacional. Los modos de estar en el mundo y el lenguaje de la subjetividad ciudadana resultan de transitar las instituciones disciplinarias de los Estados Nacionales. Agotada esta paninstitución como instancia dominante, prosperan prácticas que no encuentran modo de ser leídas desde las representaciones que tramaron la subjetividad nacional. Esta distancia intraducible entre viejas representaciones nacionales y nuevas prácticas es lo que define nuestra contemporaneidad.

Volvamos sobre las alteraciones en el status del trabajo y los modos de pensar estas alteraciones. El pasaje del empleo vitalicio al empleo temporario produce una diversidad de efectos. No se trata aquí de rastrear esa diversidad, sino de detenerse en algún aspecto de ella. A saber: qué temporalidad forja el empleo temporario; qué subjetividad resulta de esa temporalidad; qué estrategia de búsqueda de empleo exige una lógica de empleo fundamentalmente temporaria.

El empleo vitalicio como destino social por excelencia es posible en unas condiciones determinadas. Entre otras, una institución lineal y progresiva del tiempo. Un ciudadano promedio de los Estados Nacionales, criado en esa linealidad progresiva, sabía de su destino porque el futuro era, entonces, predecible. En el ámbito laboral, por ejemplo, rara vez se registraban cambios radicales. Lo mismo sucedía en otros ámbitos de la vida social. De esta manera, nuestro ciudadano sabía -entre otras cosas- dónde y cuándo iba a jubilarse. Pero también sabía que antes de esa jubilación, los logros resultaban acumulativos en una carrera profesional.

Ahora bien, sin progresividad ni linealidad, el tiempo, social es otro. Así modificado, también es otro el tiempo de trabajo. Una buena guía de esta modificación es la! condición temporaria del empleo, condición que no pa- rece ser una coyuntural interrupción del empleo vitalicio y sino un nuevo modo de organización del trabajo. Este: modo de organización introduce, entre otras, una novedad decisiva: la estacionalidad del empleo exige buscar reiteradamente trabajo. Se vera que no se trata de la búsqueda a la que nos tenía acostumbrados la regular estabilidad de los tiempos progresivos y lineales. Se trata de una búsqueda que transcurre en otras coordenadas. Justamente por eso, nos obliga a revisar la estrategia.

Si es cierto que se ha desvanecido el empleo vitalicio, si es cierto que la condición temporaria define el trabajo actual, suponer que la búsqueda de empleo sigue siendo lo mismo destaca la impericia de una subjetividad que se resiste a habitar en unas condiciones que han cambiado. Si habitar significa habilitar las operaciones necesarias para transitar ese nuevo terreno, será conveniente pero sobre todo estratégico suspender, por un lado, las operaciones que impidan habitar la temporalidad actual del trabajo; por otro, inventar las operaciones capaces de entrar en relación con esa novedad. En definitiva, este habitar nos invita a hacer la experiencia de una autoivención en conexión con un problema: forjar las condiciones de empleabilidad pertinentes para una lógica de empleo temporaria.

Un ejemplo puede aclarar esto último. Según la definición vitalicia de empleo, el curriculum vitae describe las instituciones por las que pasó un trabajador, y el juego de calificaciones adquirido a lo largo de una vida de trabajo. Así pues, las condiciones de empleabilidad parecen forjadas en una dirección y para siempre. El curriculum vitae, entonces, presenta un recorrido uniforme y progresivo. Este curriculum anclado en la estabilidad garantizada por la paninstitución Estado Nación resulta inoperante a la hora de lidiar con la velocidad actual del mercado. Los flujos del mercado son demasiado dinámicos para un solo juego de calificaciones. En este sentido, el mercado transcurre en el cada vez y solicita como efecto de esa operatoria, menos un saber a priori que unas operaciones capaces de entrar en relación con ese cada vez. Definido de este modo, el curriculum vitae se convierte en un obstáculo (y no en una herramienta) en la búsqueda de empleo. ¿Cuál será, entonces, el formato curricular capaz de habitar y operar en las nuevas condiciones?

Declarada la inoperancia del curriculum vitae en una lógica de empleo temporario, el curriculum actual como herramienta productora de subjetividad empleable necesitará transitar el cada vez. ¿Qué significa este cada vez? Será necesario investigarlo. Pero posiblemente poco tenga que ver con la lineal novela laboral, y mucho tenga que ver con una operación de historización capaz de discriminar qué aspectos del recorrido profesional generan posibilidades para la obtención del empleo en el cada vez. Así definido, el currículum actual opera como un procedimiento de selección de los recursos y las operaciones pertinentes para cada situación. Ahora bien, este procedimiento no consiste en un proceso burocrático de selección de lo existente, sino en una operación producida por un habitante de las situaciones características en las transformaciones contemporáneas.