DEL FRAGMENTO A LA SITUACIÓN - Lewkowicz, Ignacio y Grupo Doce

II

¿INSTITUCIONES SIN ESTADO?

Instituciones y galpones

Las instituciones ya no son lo que eran. Sobre esto, no hay dudas. Pero las dudas prosperan cuanto se intenta pensar ya no lo que eran sino lo que son. Resulta sencillo responder la pregunta acerca de qué son las instituciones, si suponemos que esas instituciones apoyan en suelo nacional y estatal. Pero desvanecido ese suelo, agotado el Estado Nación como metainstitución donadora de sentido, que son las instituciones? Cuál es su estatuto actual? Para responder estas preguntas, para describir las configuraciones destituidas, empecemos por precisar la naturaleza de las instituciones disciplinarias y el tipo de subjetividad que instituyen en tiempos de Estado Nación.

Cada sistema social establece sus criterios ontológicos de existencia. En los Estados Nacionales, la existencia es existencia institucional, y el paradigma de funcionamiento son las instituciones disciplinarias. En este sentido, la vida individual y social transcurre en este tipo de organizaciones.

Entre otras: familia, escuela, fábrica, hospital, cuartel, prisión, etc. Ahora bien, estas instituciones apoyan en la metainstitución Estado Nación, y ese apoyo es el que les provee sentido y consistencia integral. Pero la articulación institucional no termina ahí. Los dispositivos disciplinarios no sólo prosperan en territorio nacional, sino que organizan entre ellos un tipo específico de relación. Gilles Deleuze, en Posdata sobre las sociedades de control, la denomina relación analógica. Este funcionamiento analógico, que consiste en el uso de un lenguaje común, es el que habilita la posibilidad de estar en las distintas instituciones de encierro con las mismas operaciones. Esta correspondencia analógica entre las marcas subjetivas producidas por las instituciones es la que asegura la relación transferencia) entre ellas. De esta manera, cada una de las instituciones opera sobre las marcas previamente forjadas. La escuela trabaja sobre las marcas familiares, la fábrica sobre las modulaciones escolares, la prisión sobre las molduras hospitalarias, etc. Como resultado de este funcionamiento, se organiza un encadenamiento institucional que asegura y refuerza la eficacia de la operatoria disciplinaria en cada uno de los dispositivos.

Resta decir que el tránsito por las instituciones disciplinarias causa las operaciones necesarias para habitar la metainstitución estatal. De esta manera, el Estado Nación delega en sus dispositivos la producción y la reproducción de su soporte subjetivo, es decir, la subjetividad ciudadana.

Por lo señalado, la consistencia institucional necesita de una metainstitución regulatoria. Sin Estado Nación que asegure las condiciones de operatividad, las instituciones disciplinarias ven alterada su consistencia, su sentido, su campo de implicación, en definitiva, su propio ser. De esta manera, el agotamiento del Estado Nación como principio general de articulación simbólica trastoca radicalmente el estatuto de las instituciones de encierro. Suponiendo que esto sea así, indaguemos las consecuencias en las instituciones de lo que venimos llamando pasaje del Estado al mercado.

El pasaje del Estado al mercado implica el desvanecimiento del suelo donde apoyaban las instituciones disciplinarias. Como consecuencia de esto, la consistencia institucional queda afectada. De esta manera, el tablero que regulaba los movimientos de las piezas institucionales se desintegra. Sin tablero que unifique el juego, las instituciones se transforman en fragmentos sin centro. Del encadenamiento transferencial a la segmentación, las instituciones ven alterarse su status. Por otra parte, esta alteración describe unas configuraciones que, desarticuladas de la instancia proveedora de sentido y consistencia, se desdibujan como producción reglada. En definitiva, se trata de la destitución de unas condiciones con capacidad de organizar significación, sin que se constituya nada equivalente con virtud simbolizadora. Ahora bien, esta destitución no termina aquí. Huérfanas del Estado Nación, las instituciones también ven afectada la relación entre sí, porque el suelo que sostenía ese vínculo transferencial se desintegra con el agotamiento del Estado Nación. Sin paternidad estatal ni fraternidad institucional, la desolación prospera. Como consecuencia de ello, el sufrimiento en las instituciones agotadas se hace permanente.

Que las instituciones sin Estado, que los fragmentos sin centro, produzcan sufrimiento no significa que las instituciones disciplinarias -en plena era nacional- no fueran capaces de semejantes efectos. Todo lo contrario. Si es cierto que no hay sufrimiento humano en sí sino respecto de unas marcas determinadas, cualquier marca en la subjetividad -sea estatal o mercantil, institucional o no- será padecida. En este sentido, los ocupantes de las instituciones de encierro también sufren, pero sobre todo sufren el carácter normalizados de las instancias disciplinarias. Ahora bien, el ocupante de las instituciones postnacionales sufre por otras marcas. No se trata de alienación y represión, sino de destitución y fragmentación.

Retomemos el asunto antes presentado: ¿cuál es el estatuto actual de las instituciones? En principio, será conveniente decir que una institución para ser tal, necesita de una metainstitución que reproduzca las condiciones donde apoya. Dicho de otro modo, no hay instituciones disciplinarias sin Estado Nación. Si esto es así, el agotamiento del Estado implica el desvanecimiento de una condición ineliminable para la existencia institucional. Es cierto que la observación del paisaje social parece arrojar otras conclusiones. A pesar de la muerte del Estado Nación, hay escuelas, familias, prisiones, etc. En este sentido, la evidencia más inmediata pondría en cuestión la definición. Sin embargo, si bien persisten tales o cuales términos, no es menos cierto que en las nuevas condiciones el sentido de estas configuraciones se ha visto modificado. Está claro que hay escuelas, familias, prisiones. Pero no se trata de instituciones disciplinarias, de aparatos productores y reproductores de subjetividad ciudadana. En este sentido, la subjetividad que resulta de estar en las escuelas, las familias o las prisiones cuando el mercado es la instancia dominante de la vida social, es absolutamente otra. Sobre el estatuto de esta nueva subjetividad, nos detendremos en breve.

Por lo planteado, la producción y la reproducción de ciudadanos eran tareas de las instituciones disciplinarias, y estas tareas sólo eran posibles cuando el Estado Nación reproducía las condiciones generales en que descansaban tales instituciones. Las instituciones sólo son instituciones si se reproducen. Se reproducen si su suelo es estable. Y su suelo es estable por obra de la metainstitución estatal. No hay instituciones sin metainstitución que asegure las condiciones de reproducción. Caído ese segundo nivel, no hay reproducción posible del suelo para las instituciones.

Ahora bien, la correlación entre subjetividad ciudadana, dispositivos normalizadores y Estado Nación hoy está agotada. Si bien se verifican situaciones donde siguen operando algunas de las representaciones y prácticas propias de la lógica nacional, no se verifica la reproducción de esa correlación como instancia general. De esta manera, el agotamiento de la lógica estatal inaugura un tipo de funcionamiento donde la fragmentación deviene rasgo predominante. Siendo así, las instituciones ya no son lo que eran.

Ahora bien, las instituciones ya no son las mismas porque sin metaregulación estatal, quedan huérfanas de función, tarea, sentido. Sin proyecto general donde implicarse, será necesario pensar nuevas funciones, nuevas tareas, nuevos sentidos. Por otra parte, tampoco serán las mismas porque las condiciones generales con las que tienen que lidiar no son estatales sino mercantiles, no son estables sino cambiantes. Nacidas para operar en terrenos sólidos, la velocidad del mercado amenaza la consistencia ya fragmentada de las instituciones. De esta manera, -sin función ni capacidad a priori de adaptarse a la nueva dinámica-, se transforman en galpones. Esto es, en un tipo de funcionamiento ciego a la destitución de la lógica estatal, y a la instalación de la dinámica de mercado. Esta ceguera compone un cuadro de situación donde prosperan: suposiciones que no son tales, subjetividades desvinculadas, representaciones e ideales anacrónicos, opiniones varias, etc. Se trata, en definitiva, de configuraciones anómicas que resultan de la destitución de las regulaciones nacionales.

Así definidos, los galpones son el destino de las instituciones disciplinarias en tiempos postnacionales. Pero este destino resulta de la destitución de unas condiciones metaregulatorias, y la instalación de. la dinámica de mercado. Ahora bien, para esta dinámica, las instituciones disciplinarias -paradigma de un funcionamiento estatal, progresivo y regulado- reflejan un tipo de existencia y consistencia incapaz de adecuarse a la flexibilidad y reinvención propias de la contemporaneidad. Justamente por eso, el paradigma de organización institucional propio de los Estados Nacionales deviene obsoleto en los tiempos de velocidad.

Para precisar el estatuto de los galpones, tal vez sea conveniente rastrear cómo queda situada la relación entre instituciones en condiciones de mercado. Para esto, partamos de una queja que se deja escuchar, con regularidad sintomática, entre maestros y profesores de escuelas, colegios y universidades. Los docentes dicen que los estudiantes no saben leer ni escribir, que son indisciplinados, que no participan en clase, que son impertinentes y maleducados, que "no tienen nivel". En definitiva, que carecen de las operaciones lógicas y subjetivas para habitar la situación aula. Así caracterizados, los alumnos no cuentan con las habilidades con las que -según la suposición docente- deberían contar.

Algunos dirán que esa reacción docente no es nueva; que, por oficio, suelen quejarse de las incapacidades de sus alumnos. Posiblemente, esa cantinela sea tan vieja como la escolarización masiva, institución de los Estados Nacionales. Pero la intensidad de ese murmullo empieza a ser sospechoso de otro tipo de funcionamiento. En otros términos, la denuncia docente ¿indica un defecto de tales o cuales estudiantes e instituciones o revela -más radicalmente- ­condiciones y subjetividades otras que las supuestas por los docentes?

La suposición de unas mínimas operaciones lógicas y subjetivas entre los estudiantes de los más diversos niveles es una suposición nacida en las condiciones de Estado Nación. Más precisamente, es una suposición que se verifica cuando la relación entre instituciones es analógica, cuando la estructura formal es compartida por los agentes en cuestión. Entonces, la intervención de una institución se apoya en las marcas previas de la subjetividad, marcas efectuadas por cualquier otro dispositivo normalizados. De esta manera, la experiencia institucional preliminar, sea cual fuere, produzca los contenidos que produjere, opera como condición de posibilidad de las marcas disciplinarias futuras. En este sentido, si bien el pasaje de la institución familia a la institución escuela, o de la institución colegio a la institución universidad, inaugura posibilidades, saberes, operaciones, relaciones, complejidades diversas, apoya sobre una estructura formal antes armada. Se trata, en definitiva, de diversos dispositivos que forjan la misma subjetividad (institucional). Ahora bien, todo esto es posible cuando el Estado Nación opera como institución que unifica bajo un mismo régimen, al conjunto de las experiencias. Así, la articulación institucional está asegurada, más allá de las anomalías, las patologías o los tropiezos de cualquier emprendimiento.

No es el caso: las quejas antes señaladas no parecen tener status de anomalía, sino de indicio del agotamiento de una lógica. En este registro se podría pensar, entonces, la multiplicación de las protestas docentes. Si tomamos esto como cierto, tal vez sea conveniente indagar cómo queda situada la relación entre instituciones una vez agotada la lógica paninstitucional.

Si la subjetividad institucional producida por los dispositivos disciplinarios de los Estados Nacionales, operaba como puente facilitador de las relaciones, hoy no hay nada equivalente a esa metasubjetividad, a esas operaciones básicas que simplificaban el ingreso en un dispositivo. Más bien, sucede todo lo contrario. La subjetividad dominante no es institucional sino massmediática. En este sentido, sus operaciones básicas no son disciplinarias sino otras. No se trata de normativa y saber sino de imagen y opinión personal. Si las operaciones son estas, se inicia el malentendido; se interrumpe la razonable suposición. ¿Por qué? Porque las instituciones disciplinarias (ya devenidas galpones) operan como si el sujeto interpelado estuviera constituido por las marcas disciplinarias, pero el sujeto que responde no dispone de operaciones institucionales sino mediáticas. Se arma, entonces, el desacople subjetivo entre la interpelación y la respuesta, entre el agente convocado y el agente que responde. De esta manera, el galpón destituye a la institución que determinaba las relaciones entre sus agentes.

Las instituciones sin Estado son galpones. Las instituciones sin normativa capaz de producir subjetividad son galpones. Ahora bien, la producción de instituciones y de subjetividad fue, en tiempos nacionales, atributo estatal. Agotado el Estado Nación como paninstitución, esa posibilidad deviene imposible. Muerto el padre, será necesario pensar otros modos de existencia. De no ser así, nuestro destino será el galpón.

Dicen que un hombre digno es aquel que es capaz de forjar otro destino que el pautado para él. Suponiendo que así sea, si nuestro destino son los galpones, será necesario pensar un modo de existencia más subjetivante, Pero ese otro modo de existencia tiene que partir de lo que hay. ¿Y qué hay? Galpones. En este sentido, si el padecimiento actual está ligado a la ausencia de normas para regular los encuentros, con el desacople entre las subjetividades supuestas y las reales, será necesario operar sobre estas disfunciones. Justamente por eso, la tarea subjetiva tendrá que ver con la producción de espacios productores de la subjetividad pertinente para esa situación. Sin esa primera operación, prospera la desvinculación, Así, la tarea institucional en nuestras condiciones consiste en la producción situacional de subjetividad, en la creación focal de un espacio habitable. De no ser así, seguiremos padeciendo en los galpones.